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martes, 20 de enero de 2004

Como objetos escondidos en una pintura urbana,
así siento que es lo que mis instintos adoptan por trascendente,
lo que no vendería por nada;
ahí vamos,
lanzados a nuestra suerte,
actuando en un reglamento de lo titulado como bueno.

Lejos de una guía que pretende llevarnos a lo frecuente,
frente a una intersección de decisiones que nadie ha tomado nos hallamos,
pasivos en un pandemonio laboral,
como magos dando órdenes a nuestros sentidos
para encontrar un orden privado.

Aquí estamos,
tratando de no perder de vista nuestra razón.
¿Cuánto me costará llegar a la felicidad aprobada por los gentíos que me rodean?

Ya pocas cosas son sagradas,
pocas cosas son profanas,
pocas cosas son visibles y creíbles en una sola muestra;
entre tantas falsas figuras,
una vereda se abre paso;
los edificios se levantan como piezas de ajedrez,
donde tarde o temprano
nos perderemos en una fila obrera.

En tierra firme estamos,
pero con la sospecha de que algo se escurre 
tras nuestros pasos.
Aquí estamos,
tratando de no soltarnos las manos.
(Extraído del poemario Puntos en Contacto, 2004)