I
Aquella última noche juntos se repite en secuencia
en las entrañas de una ciudad fantasma
recorro sus veredas como si de páginas viejas se trataran
nunca necesitamos el uno del otro
que valiosos resultaron ser aquellos días
…inadvertidamente se convirtió esa noche en la última
nuestra presencia en única
y esta moderna ciudad que se levanta no son más que las ruinas
de mi querida ciudad nicotina
II
Soy un fantasma que sonríe mientras cruza la avenida
observando imágenes tridimensionales proyectadas desde mi
pasado
en un instante serán reemplazadas todas las casas por cableadas
estructuras
les cambiaran los nombres a los parques y a las negras venas
que atraviesan la nueva urbe
colmenas de cemento y cristal parecen perderse en los cielos
blancos
y aunque hace mucho las calles vacías dejaron de ser mis
dominios
aun puedo drenarle algo de su amargo elixir esta noche
III
Si me esfuerzo un poco puedo escuchar el roce de una cinta magnética
al tocar un cabezal
esta época ha hecho de mi locura una extraña cordura
donde la experiencia me hace entender todos los conceptos que
vuelan a mi alrededor
sin lograr visualizar una justificación que los mantenga
coherentes
si me esfuerzo un poco puedo sentir el aroma de un cigarrillo
cuya marca se descontinuó hace mucho.
El poema recuerda una noche que, sin que quienes la vivieron lo supieran, sería la última. Ahora el hablante recorre una ciudad transformada y la mira como un fantasma: reconoce sus calles, pero las casas, los parques y los nombres están desapareciendo bajo una ciudad nueva.
La Ciudad Nicotina aparece como un lugar ligado a la juventud y a una época que ya no existe. Las veredas son páginas viejas; las imágenes del pasado se proyectan sobre la ciudad actual. El sonido de la cinta magnética y el aroma del cigarrillo recuperan esa época a través de los sentidos.
El poema trata de volver mentalmente a un mundo perdido. Aunque el hablante ya no pertenece a esas calles, todavía puede recorrerlas en su memoria y rescatar de ellas algo de su «amargo elixir».
