I
El único miedo que aún se mantiene como una flama eterna
es el saludo que podría darle frente a frente.
Y aunque es la última luz que ilumina los pasajes ocultos en mi historia,
es el único calor que reduciría a cenizas los cimientos de mi realidad.
II
La última vez que los celos me prepararon un elixir fue como
aperitivo para salir.
Fue cuando el viento en su azotea acariciaba su cabello,
cuando esas frías lágrimas no fueron por mí.
La última vez que los celos me arroparon fue para cubrirme de la helada
despedida.
III
Nunca más habrá una próxima vez.
Fuimos hermosos, alimentados por una anomalía en los eventos del universo.
Nunca más habrá otra oportunidad para decirlo.
Si existiera un antídoto para olvidar que nos disparamos la misma bala en el
duelo...
Nunca más habrá un saludo con gusto a despedida.
IV
El tiempo dejó de andar mientras me miraba acostada, rodeada
por su lacio cabello como marco.
Y mientras describía el momento según mis agotados sentidos, que trataban de
absorber el instante...
...mi rostro, a centímetros sobre el suyo,
solo pudo expresar lo que un parpadeo brinda,
y que sería inevitable.
Se cerraron las persianas con la esperanza de que algún día
yo volvería.
La locura nos ayudó un poco,
o más bien la cordura.
V
Los días hoy corren mucho más rápido que los edificios fuera
de la ventanilla.
Mi taxi vuela sobre las negras pistas,
siempre en círculo por los surcos de un vinilo,
sobre el filo de mi línea existencial que solía ser finura de sus labios.
Conocedora del arte de la prestidigitación de aquel sentir,
experto en el acto de la desaparición estando aquí.
Somos dos sonrisas que se toman la licencia que les brinda
la experiencia.
Conocemos la ruta del comienzo,
el disfrute del recorrido
y la fortaleza del término.