Ella…
Conjuraba las invisibles facciones de su rostro sobre el vidrio, dibujando con la yema de los dedos los contornos de una presencia que la humedad de la noche iba borrando lentamente.
Su sonrisa brillaba todavía con los últimos rayos del sol, una pequeña descarga de luz entre los edificios, mientras sus ojos, de aquel tono pardo que aún remojaba en su recuerdo, buscaban una figura perdida en el tránsito de las horas.
Olvidó el traje que lucía cuando la besó aquel día.
Olvidó el acuerdo para el próximo día.
Olvidó el dolor al otro día.
Y en la superficie empañada de la ventana, su dedo continuaba dibujando al ritmo de su llanto, siguiendo una música que nadie escuchaba, una secuencia de imágenes sin sonido, una película detenida en el instante anterior a la despedida.
Miraba por la ventana, alucinada, el perfecto encuentro de aquellos paseos que ya no solía dar, las veredas donde la ciudad parecía abrirles un espacio entre sus luces, los árboles inmóviles bajo el ruido de los motores, las tardes que cruzaban sin sospechar que algún día serían apenas una dirección borrada en el mapa.
Él…
A escondidas iba recogiendo todos los pasos que alguna vez lo llevaron hasta su lecho, reconstruyendo sobre las calles una ruta que la ciudad ya no reconocía, una sucesión de esquinas, portales y luces amarillas que persistían en su memoria como los restos de una transmisión nocturna.
No le conocían compañera ni las calles ni los gatos nocturnos que lo saludaban desde los muros, entre bolsas abiertas, motores apagados y ventanas donde otras vidas encendían sus pequeñas pantallas.
Observaba su recuerdo elevando la mirada hacia una ventana oscura, esperando que detrás del vidrio apareciera aquella silueta capaz de devolverle, aunque fuera por un instante, la antigua continuidad de los días.
Detenía su vida para sonreírle a aquellos actos interpretados sobre la vereda, a los gestos que alguna vez tuvieron público, a las palabras pronunciadas bajo los árboles, cuando todavía creía que el amor podía repetirse sin alterar el orden de las cosas.
Soñaba con recitarle versos mientras dormía, acercarse despacio a su respiración y devolverle a la noche la música que habían perdido, como si una canción conocida pudiera restablecer la corriente interrumpida de sus cuerpos.
Era milimétrica la distancia y, sin embargo, infinita en el silencio que los separaba; la veía pulcra, intacta en aquella región de su memoria donde el tiempo no alcanzaba a tocarla, donde ninguna despedida había terminado de pronunciarse.
A escondidas había esperado encontrar el refugio que todavía añoraba los detalles de su pecho, la tibieza de su presencia, el pequeño universo que alguna vez creyó habitar y que ahora recorría como un desconocido, bajo un cielo de cables que no permitían verla jugando con esas estrellas, mientras la ciudad seguía transmitiendo sus mensajes hacia todas partes en una red que la dominaría, menos hacia él.




