despide su fragancia que rodea tu fotografía;
impresos tus labios en ella,
alguna vez prohibidos por lo inclemente de nuestro destino.
Recuerdo palabras con el eterno matiz de su propia fuerza,
pues, sin ser sonoras, se pierden en un torrente de estáticos retratos y malgastadas emociones.
Regando la esencia vital de aquellos días vedados,
en los que una de mis más preciadas vidas he perdido,
me despido
y nos miro desde el primer beso que estalló en lo tenue de tu salón,
tocando cada uno con sus labios el paraíso que cada quien escondía.
Se van desvaneciendo
nuestras sombras en un instante inmortalizado por la memoria;
instante indeleble,
sentencia exquisita.
Corrió nuestra sangre pura desde un camino escondido por rosales,
en pugna contra nuestra propia búsqueda de un invariable sitio;
corrían nuestros besos numerados por el Oráculo en su cuenta regresiva,
y, como la primavera, caímos evaporándose aquel rastro de nuestra niñez y su primer amor.
La finura de tus labios rasgando en tirones mi alma,
la energía de tus ojos atravesando mis muros,
y tus últimas palabras de amor cargadas de desaliento
representaciones son;
que cierran el paraíso de aquellos sueños tan locos.
Hoy,
sentado a las afueras de tu mundo,
revisando nuestras memorias,
sumergido en tu fotografía,
entiendo el implícito «hasta siempre» de cada encuentro;
vivíamos cada saludo como el principio de la despedida.
¿Cuán lejos te llevó la libertad?
¿Cuántos pétalos te arrancó el tiempo?
En una caja,
junto a una carta,
reposamos en paz y distantes.
Realmente me encanto
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